Tinc molta gana. Em queden 10 minuts per l’hora d’esmorzar però no sé si m’aguantaré, La panxa em fa molt soroll.

Aquests últims 10 minuts tan afamat desconnecto de la feina, cosa que faig sovint, tot i que he millorat. De sobte algú em crida:

-Ei Pep, que passa que avui no penses esmorzar o què?


Faig un bot perquè estava realment en un altre món mirant les línies que marcaven les rajoles de la paret. Vaig fer-li que si amb el cap i vam anar plegats cap al bar més petit de la T1. La veritat és que el Pau i jo sempre anem junts a esmorzar, a vegades s’apunta algun altre company però nosaltres 2 sempre hi anem. Només un dels 2 falla quan no hem vingut a treballar.

Fa 10 anys que ens coneixem i per mi ell és un exemple a seguir. A més em coneix bé i és de les poques persones que em calma quan m’agafen els meus rampells. Encara recordo el dia que ens vam creuar les cares per primer cop. Va ser a les proves de selecció, jo em vaig posar molt nerviós, suava molt, em tremolava tot i ell em va calmar. No recordo com però ho va aconseguir. Gràcies a això em van donar la feina d'operari a l'aeroport.

Demano el de sempre un entrepà de sobrassada i una coca cola. El Pau per primer cop que jo recordi demana una cosa diferent. Un entrepà vegetal i un suc de taronja.

-Pau, com és que has canviat?- li pregunto

-Mira Pep he decidit cuidar-me una mica. Els anys passen i la mala vida passa factura. És més tu hauries de fer el mateix. Mira quina panxa t'ha sortit- m'ho diu mentre m'acaricia en cercles en meu ventre- Ah! I també m'he apuntat al gimnàs.

-Si? Tu creus? La veritat és que si tinc una panxulina una mica més abundant - em miro la panxa i de seguida em mossego les ungles- però és que no sé... jo... ja saps que tinc costum de deixar les coses a mitges i m'apuntaria i als 2 dies em cansaria.

-Pensa que aniríem junts i jo ja et reconduiria si et despistessis- em diu.

-Si això ja ho sé no tinc cap dubte però no sempre podrem anar junts i clar... ara només pensar-ho...

-Ei Pep, tranquil home! Que no s'acaba el món. Al principi anirem junts i quan vegis com funciona tot també podràs anar al teu rollo. Pensa que conec a la majoria de monitors i te'l presentaré i sempre que tinguis algun problema o dubte ells estaran allà per ajudar-te- penso que és normal és obert, guapo i intel·ligent.

-Ah Pep i el més important hi han unes ties que t'hi cagues.

-Ui si- li dic- però ja saps que a mi em costa una mica aquest tema.

-Aviam, tu no estàs gens malament com a tiu, t'has de controlar els nervis i això però ho pots tenir fàcil...a més a més allà dins seré el com... com el teu padrí. No has de patir per a res – ell ho veu fàcil però penso que té raó com en quasi tot.

-Si suposo que ho haig de fer. Sé que m'anirà bé. Quan m'acompanyes a apuntar-me?

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31 funciones Propp

Publicado por Sergio Monguiló | 04:48 | | 0 comentarios »

A con­tin­uaciónlas 31 funciones de Propp + breve explicación, para cumplimentar lo de clase:

1. Ale­jamiento. Uno de los miem­bros de la familia se aleja.
2. Pro­hibi­ción. Recae una pro­hibi­ción sobre el héroe.
3. Trans­gre­sión. La pro­hibi­ción es trans­gre­dida.
4. Conocimiento. El antag­o­nista entra en con­tacto con el héroe.
5. Infor­ma­ción. El antag­o­nista recibe infor­ma­ción sobre la víc­tima.
6. Engaño. El antag­o­nista engaña al héroe para apoder­arse de él o de sus bienes.
7. Com­pli­ci­dad. La víc­tima es engañada y ayuda así a su agre­sor a su pesar.
8. Fechoría. El antag­o­nista causa algún per­juicio a uno de los miem­bros de la familia.
9. Mediación. La fechoría es hecha pública, se le for­mula al héroe una peti­ción u orden, se le per­mite o se le obliga a mar­char.
10. Aceptación. El héroe decide par­tir.
11. Par­tida. El héroe se mar­cha.
12. Prueba. El donante somete al héroe a una prueba que le prepara para la recep­ción de una ayuda mág­ica.
13. Reac­ción del héroe. El héroe supera o falla la prueba.
14. Regalo. El héroe recibe un objeto mágico.
15. Viaje. El héroe es con­ducido a otro reino, donde se halla el objeto de su búsqueda.
16. Lucha. El héroe y su antag­o­nista se enfrentan en com­bate directo.
17. Marca. El héroe queda mar­cado.
18. Vic­to­ria. El héroe der­rota al antag­o­nista.
19. Enmienda. La fechoría ini­cial es reparada.
20. Regreso. El héroe vuelve a casa.
21. Per­se­cu­ción. El héroe es perseguido.
22. Socorro. El héroe es aux­il­i­ado.
23. Regreso de incóg­nito. El héroe regresa, a su casa o a otro reino, sin ser recono­cido.
24. Fin­gimiento. Un falso héroe reivin­dica los logros que no le cor­re­spon­den.
25. Tarea difí­cil. Se pro­pone al héroe una difí­cil mis­ión.
26. Cumplim­iento. El héroe lleva a cabo la difí­cil mis­ión.
27. Reconocimiento. El héroe es recono­cido
28. Desen­mas­caramiento. El falso queda en evi­den­cia.
29. Trans­fig­u­ración. El héroe recibe una nueva apari­en­cia.
30. Cas­tigo. El antag­o­nista es cas­ti­gado.
31. Boda. El héroe se casa y asciende al trono.

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Hemingway cobraba los artículos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones que adverbios, conjunciones que artículos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabía quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio había una tienda de ultramarinos, una mercería, una droguería, una panadería, una lechería… Pero no había ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente había que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario.

Imaginé entonces que ponía una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendía a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponía yo, venía de sustancia. Si la sustancia de una frase dependía de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venía el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahí, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasías, compraba tres sustantivos, le reglaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria había también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja…

El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedía también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el día construyendo oraciones. Las había de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mí me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, había mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas.

La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difícil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un día que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mí, le dije que no se preocupara, pues había decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debía poner mis energías en cuestiones prácticas. Ahí acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituían un capítulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable.

De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envío al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artículo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artículo estupendo. Me levanté, cogí un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolígrafo, pero la pieza había desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artículos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio. Un adverbio se le ocurre a cualquiera.

Publicado originalmente en la revista Interviú y hallado por Mercedes Paricio para el curso de Descobreix las eines narrativas de Casa Elizalde



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Para escribir un cuento en solo cinco minutos es necesario que consiga -además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente- un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida, del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted, una canción, por ejemplo, rusa. Una vez hecho esto, gire hacia dentro, muérdase la cola, mire con su telescopio particular hacia donde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de agustia; en caso de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo, siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemple el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto. No se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, con pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua -y si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello- y antes de volver a sentarse ante la mesa eche una meada suave (en el retrete, se entiende, porque mearse en el pasillo no es, en principio, un atributo de lo literario).

Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones y ahí también -en la estantería que está a su izquierda- sigue el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces -y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel- esta frase: Para escribir un cuento en solo cinco minutos es necesario que consiga...

Ya tiene el comienzo, que no es poco, y apenas ni han transcurrido dos minutos desde que se puso a trabajar. Y no solo eso: además de esa primera frase tiene, en este grueso diccionario, que sostiene con su mano izquierda, todo lo que hace falta, dentro de ese libro está todo, absolutamente todo; el poder de esas palabras, créame, es infinito.

Fragmento de la obra "Obabakoak", de Bernardo Atxaga.

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La Hescritora - Cuca Canals

Publicado por Sergio Monguiló | 09:05 | , | 0 comentarios »

Como ejemplo del ejercicio que indique al grupo de Sagrada Familia, aquí os dejo una presentación de personaje de un libro que me sorprendío gratamente. La Hescritora de Cuca Canals. Espero que os guste y que os animéis a su lectura.

Un saludo

S.

LA HESCRITORA

La hescritora ama las palabras, las frases, las letras, los párrafos. También siente un gran amor hacia su nueva máquina de escribir, sobre todo porque le ha costado una fortuna. Pero ha querido que fuera alemana y eso tiene un precio.

La hescritora vive tan obsesionada con las letras que estuvo a punto de apadrinar a un niño africano cuando supo que se llamaba U-Ge-ele. Además de tener un nombre que reúne tres letras, U-Ge-ele es zaireño y acaba de cumplir seis años, su foto aparecía en un folleto de ayuda al Tercer Mundo que dejaron en su buzón. Si finalmente no se decidió fue porque tenía que rellenar un interminable cuestionario para el banco. Y la hescritora ama las letras, pero detesta los números. Cuando va al colmado, siempre elige las marcas que tienen la tipografía más hermosa. Por ejemplo, su leche preferida se llama La Vaca María, porque está escrita con una letra estilizada. En cambio, nunca compraría leche Pureza, aunque es más económica, porque sus caracteres son desproporcionados y excesivamente gruesos, tanto que le resultan agresivos.

La hescritora nunca ha publicado una novela importante. Sus mayores éxitos han sido algunos cuentos infantiles y también el texto que dedicó a su abuela el día de su entierro, en el que decía:

La M, la U, la E, la R, la T, la E. ¿Por qué os habéis unido? ¿Por qué me habéis hecho tanto daño? Yo quería mucho a mi abuela.

Sólo tenía once años cuando lo escribió, y todos la felicitaron por su profundidad y madurez, mientras ella sólo podía llorar desconsolada. Estuvo tan afectada que durante varias semanas decidió hacer huelga de M, de U, de E, de R, de T y otra vez E. En el colegio se negaba a escribirlas. La maestra estaba desconcertada y sólo su padre y la fuerte bofetada que le propinó lograron convencerla de que volviera a utilizarlas.

La hescritora, últimamente piensa mucho en Dios. Sobre todo desde que un conocido novelista dijo en una entrevista que un escritor es como un dios, que crea su propio mundo a su imagen y semejanza. El novelista tenía razón. Y la hescritora, a pesar de no ser importante, se siente importante. Aunque nunca ha tenido el reconocimiento de la crítica, sus libros se han vendido bien. Siempre se ha dicho que tiene una imaginación desbordante pero que no sabe estructurar las historias y que falla en su estilo. Lo que más desea en Edmundo es escribir una gran historia de amor, pero sabe que no podrá hacerlo hasta que la viva en su propia carne. Mientras tanto, tiene que conformarse con escribir novelas juveniles. En una ocasión le preguntaron qué le hubiera gustado de o haber elegida la literatura. Respondió que pintora….






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A medida que mis días se van sucediendo, voy cometiendo pequeños y sutiles errores. No los cometo muy a menudo, pero sí de vez en cuando. Uno de ellos tuvo lugar hace un mes. Una compañera de la clase de arte renacentista del centro cívico de La Castellana soltó un comentario soez en medio de una conversación que tuvo lugar tomando un café en la terraza de un bar, después de una de esas clases. “Tiene que ser excitante cometer un pecado”dijo; para luego agregar:”Por pequeño que sea. Por más duro que sea después el remordimiento”. Bien, pues mi error esa vez fue no dar el asunto por zanjado, no catalogar aquella frasecita como vulgar y estúpida; incluso después de un mes de aquel incidente me sorprendo a mi misma de no haber empezado en aquel mismo instante a detestar a aquel rostro patéticamente infantil, en especial los labios de los que salió despedida aquella frase.
En contra de todo ello, me puse a pensar, poco a poco fui notando cómo la frase se había instalado en la sala de mi subconsciente; pero al principio ésta era algo minúsculo; se fue haciendo grande y tomando forma a medida que transcurrría la semana.
Dado que, a pesar de que aquella frase caló en mi, no lo hizo de forma instantánea, y no se puede decir que Alicia, la autora de la misma, fuese como un tirador al arco que acierta con su flecha en el blanco al primer intento, sino que tardó un minuto largo en instalarse, como he dicho, en mi mente, pude observar en ese lapso de silencio que la siguió, cómo Andrés, el compañero que estaba con Alicia y conmigo en la terraza, sonreía casi imperceptiblemente. Era la suya una sonrisa fugaz, pero de hombre inteligente, y maduro.
Tres semanas después de aquello, tuve oportunidad de tener una conversación con Andrés, a solas él y yo. Él estuvo unos quince minutos hablándome y, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo, la mayor parte de lo que él me contó se me pasó por alto; todavía estaba yo dándole vueltas a la soez frase de Alicia.
Andrés se mostraba locuaz aquel día, su cháchara parecía no tener fin. Le cogí el hilo cuando estuvo a punto de terminar. Mientras él hablaba, yo pensé en ese momento en detenerle, en decirle que no le podía seguir si iba tan deprisa. Sin embargo, fue él quien se detuvo. Entonces le miré. Y él me habló.
-¿Te ocurre algo?-me preguntó.
-Nada-contesté. Quería mostrarme altiva, demostrarle que nada tenía porqué ocurrirme. Sin embargo, ese “nada” había sonado poco sonoro, apenas audible.
-Ya- dijo Andrés, con sorna.
Entonces le expliqué lo que ocurría. Le expliqué los estragos mentales que había causado la frase de Alicia en mi. El insufrible contraste que surgía de detestar al comentario en si y a quien lo había pronunciado, y aquel deje de dependencia que había provocado el haber estado dándole vueltas durante una semana entera; además estaba el hecho de que todo aquel pandemonium emocional se podía haber evitado dando por concluido aquel asunto desde un principio, se podía haber evitado si una vez pronunciada la frase, yo la hubiese catalogado de vulgar y la hubiese olvidado; todo empezó por haber empezado a darle cierta importancia.
-Ajá-asintió Andrés cuando mi explicación hubo finalizado. Después ambos permanecimos en silencio, quizá él sopesando todo lo relatado, y yo esperando una respuesta que me fuese útil. Al final preguntó, para mi sorpresa -: ¿Que haces esta noche?
Aquello provocó, como he dicho, mi sorpresa, para luego consternarme; por último me resigné exhausta, y le pregunté qué quería decir con aquello.
-Me gustaría llevarte a un sitio-dijo Andrés, pero antes de que yo pudiera expresar mi rotunda negativa, agregó-: No acepto un no por respuesta.
De modo que al final acepté.
Cuando estábamos a punto de llegar le pregunté a Andrés cual era ese sitio tan especial al que me quería llevar. Lo dije con el corazón en un puño, pues había visto por la ventanilla de mi lado cómo un grupo de chiquillos que posiblemente rondaban la adolescencia propinaban una brutal paliza a una persona a la que no pude ver. “No es un sitio especial propiamente dicho”, dijo Andrés.”Sencillamente quiero que veas algo”. De lo que yo no tenía duda era que había oscurecido mucho y estábamos en un barrio apartado y bastante polémico de Madrid en el que yo no había estado nunca. El coche se detuvo y Andrés y yo bajamos. Entonces vi a Andrés que cruzaba la calle al ver que no había coches. Supuse que lo debía seguir, de modo que lo seguí. Él se detuvo delante de una furgoneta aparcada en la otra acera. Cuando llegué a donde estaba él, me hizo señales de que ahí nos íbamos a quedar. “Alicia está ahí”, dijo Andrés. “¿Qué hace ahí?”, pregunté yo. “Tu asómate y mira, pero procura que no te vea”. Extrañada y asustada a un tiempo, me asomé.
Alicia estaba en la terraza de un bar mugriento rodeada de hombres que bebían cerveza en botellas. Alicia era la única mujer que había allí y acariciaba con su mano izquierda la zona púbica de uno de los hombres, sentado a su lado, mientras le decía cosas cerca de su oído. No pude ver cómo vestía Alicia de cintura para abajo, pero me lo podía imaginar.
Me volví exaltada, y le pedí a Andrés que nos fuésemos. Él asintió y accedió.
Cuando estuvimos lejos de aquel barrio, interrogué a Andrés. “Pero, concretamente, ¿qué querías conseguir con esto...?, quiero decir, trayéndome aquí. Me lo podías haber dicho y hubiera bastado”. “Diciéndotelo-dijo Andrés mientras conducía y yo le miraba- pudieses haberme no creído; además, era mejor que lo hubieses visto”. “¿Para qué?”, inquirí, al borde de la histeria. Pero Andrés callaba.
Aquello no hizo desaparecer del todo mi pequeña obsesión por la frase pronunciada por aquella chica, pero la atenuó. Sin embargo, no sé todavía si era esto en lo que Andrés me quería ayudar; él nunca me lo dijo.


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Hola a tod@s!

Os recuerdo que el martes que viene el ejercicio es el siguiente:

Relato donde veamos claramente un mundo de Sci-Fi o fantasía. Vigilad la descripción que será el tema a tratar (3 páginas / doble espacio / letra 12)

Lecturas recomendadas:

La naranja mecánica. A.Burgess
Elric de Melniboné. M. Moorcock

Como este último es dificil de encontrar fijarós en la entrada que hace esta novela.

Elric de Melniboné (M.Moorcock)


Su carne es del color de una calavera blanqueada al sol y el largo cabello que le cae sobre los hombres es de un blanco lechoso. En su testa ahusada y hermosa destacan dos ojos sesgados, tristes y de color carmesí, y de las amplias mangas de su blusón amarillo surgen dos manos delgadas, también del color del hueso, que descansan en los brazos de un trono esculpido en un único e inmenso rubí.
Los ojos carmesí muestran preocupación y, de vez en cuando, una mano se alza para tocar un yelmo ligero, colocado sobre la cabellera blanca, un yelmo fabricado con una aleación oscura y verdosa exquisitamente batida hasta darle la forma de un dragón a punto de emprender el vuelo. Y, en la mano que acaricia la corona con gesto ausente, luce un anillo con un raro solitario de piedra de Actorios cuyo corazón cambia a veces perezosamente y toma nuevas formas como si fuera humo dotado de conciencia, tan inquieto en su prisión diamantina como el joven albino en su Trono de Rubí.
Contempla la extensa escalinata de peldaños de cuarzo en la que se entretiene la corte, bailando con tal delicadeza y etérea gracia que parece un cortejo de fantasmas. Él reflexiona mentalmente sobre cuestiones morales y tal actividad, por sí sola, le separa de la gran mayoría de sus súbditos, pues estos no son humanos.
Tales son las gentes de Melniboné, la Isla del Dragón, que gobernó el mundo durante diez mil años y que perdió su mando hace menos de quinientos años. Son gentes crueles y astutas y, para ellos, la moral no va más allá del debido respeto a las tradiciones de un centenar de siglos.
Para el joven, cuatrocientos veintiocho descendiente en línea directa del primer Brujo Emperador de Melniboné, la arrogancia de las gentes es presuntuosa y estúpida; es evidente que la Isla del Dragón ha perdido la mayor parte de su poder y pronto, en un par de siglos, se verá amenazada por un conflicto directo con las naciones humanas en alza a las que denominan con cierto aire condescendiente, los Reinos Jóvenes. De hecho, algunas flotas piratas han hecho ya incursiones sin éxito sobre Imrryr la Hermosa, la Ciudad de Ensueño, capital de Melniboné, la Isla del Dragón.
Y, sin embargo, hasta los amigos más próximos al emperador se niegan a tratar la posibilidad de la decadencia de Melniboné. Les disgusta oírle mencionar el tema y consideran sus observaciones inconcebibles y, más aún, una grave falta de buen gusto.
Así pues el emperador medita a solas. Se lamenta de que su padre, Sadric LXXXVI, no hubiese tenido más hijos, pues así habría podido ocupar su lugar en el Trono de Rubí otro monarca más adecuado. Sadric murió hace un año, musitando una alegre bienvenida a la que acudía a reclamar su alma. Sadric no había conocido, durante la mayor parte de su vida, otra mujer que su esposa, aunque la Emperatriz había muerto al traer al mundo a su único vástago, aquel ser escaso de sangre. En efecto, Sadric, en sus emociones melnibóneas (tan distintas y ajenas a las de los humanos recién llegados), había amado siempre a su esposa y no había encontrado placer en ninguna otra compañía, ni siquiera en la del hijo que había causado su muerte y que era lo único que quedaba de ella. Pociones mágicas, hierbas extrañas y encantamientos nutrieron al pequeño cuya vida mantenían artificialmente todas las artes de los Reyes Hechiceros de Melniboné. Y ha sobrevivido –sigue haciéndolo- gracias sólo a la brujería, pues Elric es de naturaleza extremadamente lánguida y, sin sus pócimas, apenas podría alzar la mano del trono en todo el día.
Si alguna ventaja ha obtenido el joven emperador de esta permanente debilidad, quizá sea que, por fuerza, ha leído mucho. Antes de cumplir los quince años había leído todos los volúmenes de la biblioteca de su padre, algunos más de una vez. Sus poderes ocultos inicialmente de Sadric, son ahora superiores a los poseídos por sus antecesores en muchas generaciones. Tiene un profundo del mundo más allá de las costas de Melniboné, aunque todavía carece de experiencia directa de él. Si lo deseara, podría resucitar el antiguo poder de la Isla del Dragón y regir esta y los Reinos Jóvenes como un tirano invulnerable. Pero sus lecturas le han enseñado también a preguntarse por el uso que se da al poder, a cuestionar sus motivos, incluso a poner en cuestión si debería utilizar el suyo, por causa alguna. Sus lecturas le han llevado a esta moral que, con todo, apenas comprende. Por eso, para sus súbditos es un enigma y, para algunos, una amenaza pues el albino no piensa ni actúa de acuerdo a sus cánones sobre cómo debe pensar y actuar un auténtico melnibonés (y más en concreto, un emperador de Melniboné). Su primo Yyrkoon, por ejemplo, ha sido oído más de una vez expresando profundas dudas sobre el derecho del emperador a regir al pueblo de Melniboné. “Ese enfermizo ratón de biblioteca nos llevará a todos a la ruina” dijo una noche a Dyvim Tvar, Señor de las Cavernas del Dragón.
Dyvim Tvar es uno de los pocos amigos del emperador y se había apresurado a informarle del comentario, pero el joven monarca quitó hierro al tema calificándolo de una traición trivial, cuando cualquiera de sus antecesores habría recompensado tales sentimientos con una lenta y refinada ejecución pública.
La actitud del emperador se complica más aún por el hecho de que Yyrkoon, quien ahora ya casi no esconde sus sentimientos de que debería ser él quien ocupara el trono, es hermano de Cymoril, la muchacha a quien el albino considera su persona más amiga y a quien, algún día, quiere hacer emperatriz.
En el piso de mosaico de la corte puede verse al príncipe Yyrkoon con sus más finas sedas y pieles, con sus joyas y brocados, bailando con cien mujeres, todas las cuales –se dice- han sido amantes en algún momento. Las morenas facciones de Yyrkoon, a la vez hermosas y taciturnas, están enmarcadas por un largo cabello negro, ondulado y ungido de aceites; su expresión es, como siempre, sardónica y su porte arrogante. La pesada capa de brocado se mece a un lado y a otro, sacudiendo a los demás bailarines con cierta fuerza. La lleva casi como si fuera una armadura o, quizás, un arma. Entre muchos de los cortesanos, el príncipe Yyrkoon goza de algo más que respeto. Pocos se sienten heridos por su arrogancia, e incluso estos guardan silencio, pues se sabe que Yyrkoon es también un brujo de consideración. Además su comportamiento es el que la corte espera y agradece en un noble Melniboné; es el que desearía n ver en su emperador.
Y el emperador lo sabe. Le gustaría complacer a su corte, que se esfuerza en halagarle con bailes y diversiones, pero no consigue animarse a participar en lo que, privadamente, considera una secuencia tediosa e irritante de posturas rituales. En esto, quizá sea más arrogante que Yyrkoon, quien es bastante patán.
Desde los pórticos, la música se hace más alta y compleja cuando los esclavos, especialmente instruidos y sometidos a una intervención quirúrgica para cantar una única nota perfecta, son estimulados a un esfuerzo más apasionado. Hasta el joven emperador se emociona ante la siniestra armonía de la canción, que poco se parece a nada de lo emitido hasta ahora por una garganta humana. ¿Por qué ha de producir su dolor una belleza tan espléndida?, se pregunta. ¿O es que toda belleza se crea mediante el dolor? ¿Es éste el secreto del gran arte, tanto en Melniboné como entre los humanos?
El emperador Elric cierra los ojos.

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