A medida que mis días se van sucediendo, voy cometiendo pequeños y sutiles errores. No los cometo muy a menudo, pero sí de vez en cuando. Uno de ellos tuvo lugar hace un mes. Una compañera de la clase de arte renacentista del centro cívico de La Castellana soltó un comentario soez en medio de una conversación que tuvo lugar tomando un café en la terraza de un bar, después de una de esas clases. “Tiene que ser excitante cometer un pecado”dijo; para luego agregar:”Por pequeño que sea. Por más duro que sea después el remordimiento”. Bien, pues mi error esa vez fue no dar el asunto por zanjado, no catalogar aquella frasecita como vulgar y estúpida; incluso después de un mes de aquel incidente me sorprendo a mi misma de no haber empezado en aquel mismo instante a detestar a aquel rostro patéticamente infantil, en especial los labios de los que salió despedida aquella frase.
En contra de todo ello, me puse a pensar, poco a poco fui notando cómo la frase se había instalado en la sala de mi subconsciente; pero al principio ésta era algo minúsculo; se fue haciendo grande y tomando forma a medida que transcurrría la semana.
Dado que, a pesar de que aquella frase caló en mi, no lo hizo de forma instantánea, y no se puede decir que Alicia, la autora de la misma, fuese como un tirador al arco que acierta con su flecha en el blanco al primer intento, sino que tardó un minuto largo en instalarse, como he dicho, en mi mente, pude observar en ese lapso de silencio que la siguió, cómo Andrés, el compañero que estaba con Alicia y conmigo en la terraza, sonreía casi imperceptiblemente. Era la suya una sonrisa fugaz, pero de hombre inteligente, y maduro.
Tres semanas después de aquello, tuve oportunidad de tener una conversación con Andrés, a solas él y yo. Él estuvo unos quince minutos hablándome y, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo, la mayor parte de lo que él me contó se me pasó por alto; todavía estaba yo dándole vueltas a la soez frase de Alicia.
Andrés se mostraba locuaz aquel día, su cháchara parecía no tener fin. Le cogí el hilo cuando estuvo a punto de terminar. Mientras él hablaba, yo pensé en ese momento en detenerle, en decirle que no le podía seguir si iba tan deprisa. Sin embargo, fue él quien se detuvo. Entonces le miré. Y él me habló.
-¿Te ocurre algo?-me preguntó.
-Nada-contesté. Quería mostrarme altiva, demostrarle que nada tenía porqué ocurrirme. Sin embargo, ese “nada” había sonado poco sonoro, apenas audible.
-Ya- dijo Andrés, con sorna.
Entonces le expliqué lo que ocurría. Le expliqué los estragos mentales que había causado la frase de Alicia en mi. El insufrible contraste que surgía de detestar al comentario en si y a quien lo había pronunciado, y aquel deje de dependencia que había provocado el haber estado dándole vueltas durante una semana entera; además estaba el hecho de que todo aquel pandemonium emocional se podía haber evitado dando por concluido aquel asunto desde un principio, se podía haber evitado si una vez pronunciada la frase, yo la hubiese catalogado de vulgar y la hubiese olvidado; todo empezó por haber empezado a darle cierta importancia.
-Ajá-asintió Andrés cuando mi explicación hubo finalizado. Después ambos permanecimos en silencio, quizá él sopesando todo lo relatado, y yo esperando una respuesta que me fuese útil. Al final preguntó, para mi sorpresa -: ¿Que haces esta noche?
Aquello provocó, como he dicho, mi sorpresa, para luego consternarme; por último me resigné exhausta, y le pregunté qué quería decir con aquello.
-Me gustaría llevarte a un sitio-dijo Andrés, pero antes de que yo pudiera expresar mi rotunda negativa, agregó-: No acepto un no por respuesta.
De modo que al final acepté.
Cuando estábamos a punto de llegar le pregunté a Andrés cual era ese sitio tan especial al que me quería llevar. Lo dije con el corazón en un puño, pues había visto por la ventanilla de mi lado cómo un grupo de chiquillos que posiblemente rondaban la adolescencia propinaban una brutal paliza a una persona a la que no pude ver. “No es un sitio especial propiamente dicho”, dijo Andrés.”Sencillamente quiero que veas algo”. De lo que yo no tenía duda era que había oscurecido mucho y estábamos en un barrio apartado y bastante polémico de Madrid en el que yo no había estado nunca. El coche se detuvo y Andrés y yo bajamos. Entonces vi a Andrés que cruzaba la calle al ver que no había coches. Supuse que lo debía seguir, de modo que lo seguí. Él se detuvo delante de una furgoneta aparcada en la otra acera. Cuando llegué a donde estaba él, me hizo señales de que ahí nos íbamos a quedar. “Alicia está ahí”, dijo Andrés. “¿Qué hace ahí?”, pregunté yo. “Tu asómate y mira, pero procura que no te vea”. Extrañada y asustada a un tiempo, me asomé.
Alicia estaba en la terraza de un bar mugriento rodeada de hombres que bebían cerveza en botellas. Alicia era la única mujer que había allí y acariciaba con su mano izquierda la zona púbica de uno de los hombres, sentado a su lado, mientras le decía cosas cerca de su oído. No pude ver cómo vestía Alicia de cintura para abajo, pero me lo podía imaginar.
Me volví exaltada, y le pedí a Andrés que nos fuésemos. Él asintió y accedió.
Cuando estuvimos lejos de aquel barrio, interrogué a Andrés. “Pero, concretamente, ¿qué querías conseguir con esto...?, quiero decir, trayéndome aquí. Me lo podías haber dicho y hubiera bastado”. “Diciéndotelo-dijo Andrés mientras conducía y yo le miraba- pudieses haberme no creído; además, era mejor que lo hubieses visto”. “¿Para qué?”, inquirí, al borde de la histeria. Pero Andrés callaba.
Aquello no hizo desaparecer del todo mi pequeña obsesión por la frase pronunciada por aquella chica, pero la atenuó. Sin embargo, no sé todavía si era esto en lo que Andrés me quería ayudar; él nunca me lo dijo.
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