sábado, 20 de febrero de 2010

Relato de miedo - Lorena Rubio

sábado, 20 de febrero de 2010

La tarde era fría y gris. Las nubes se deslizaban veloces en dirección al mar para cargarse de agua y las ramas de los árboles golpeaban ligeramente los cristales de la oficina. Lucía miró impaciente su reloj por tercera vez en los últimos cinco minutos.
- Dios- pensó- todavía diez minutos más!


Tenía ganas de salir corriendo y dejar atrás aquel día duro y horrible, olvidarse de su jefe, del trabajo acumulado y del idiota de su compañero de mesa.
En cuanto dieron las 6, Lucía apagó su ordenador, soltó un “hasta mañana” rápido a sus compañeros de despacho y caminó a ritmo ligero hacía el ascensor.
Allí estaba, con las puertas abiertas de par en par, listo para engullirla. Nadie subió con ella. Pulsó el botón de bajada a la recepción y mientras las puertas se cerraban se colocó de cara a ellas, con la espalda apoyada en la pared y dejó caer la cabeza hacia atrás. Diez pisos la separaban del aire helado de ese mes de febrero, de las gruesas gotas de lluvia que caían oblicuas impulsadas por las fuertes rachas de viento, pero a Lucía le daba igual. Necesitaba sentirlas en su cara, en su pelo y despertar así a ese día por segunda vez.
De pronto, una sacudida la lanzó contra una de las paredes del ascensor y se golpeó la cabeza. Lanzó un grito sordo de dolor y se dejó caer al suelo aturdida. Cuando consiguió abrir los ojos vio que todo estaba oscuro y que el ascensor se había detenido. ¿Qué había pasado? Un escalofrío le recorrió la espalda.
- Ah! Es la tormenta, sólo eso
Lucía intentó calmar su respiración agitada y pensar con lógica, pero la oscuridad era una de las cosas que más odiaba, temía y la paralizaba en este mundo.
- Venga! No seas niña – se decía a sí misma – Acuérdate de lo que dice siempre Juan, que la oscuridad sólo es ausencia de luz, nada más!
Pero el corazón le seguía saltando en el pecho. Tanto, que le hacía daño. Tanto, que en el silencio de aquellas cuatro paredes, se oía su ritmo magnificado y amenazador, tic, tac, tic,tac, como una bomba de relojería.
El botón, el botón de alarma. Tenía que encontrarlo. Se incorporó y comenzó a tantear las paredes mientras cantaba mentalmente una canción infantil, la primera que le vino a la cabeza, para aullentar el miedo.
- Dónde está el lobo feroz, lobo feroz, lobo feroz…
Al fin! Había encontrado algo. Pero era blando, casi viscoso. ¿Quién habría pegado un chicle en uno de los botones del ascensor? Pero no era un chicle. Era algo gelatinoso y helado. Lucía apartó la mano asqueada mientras las nauseas ascendían hacía su garganta. Cuando estaba a punto de vomitar le pareció oír un susurro. Entonces empezó a chillar, como una demente, como una desesperada. Quería salir de allí. Golpeó las paredes, la puerta, todo lo que encontró en su camino, con los puños, con los pies, pero la voz seguía allí, a su lado. Era aterradora. No era de mujer, ni de hombre, tampoco de niño. No se parecía a nada que hubiera oído antes. Ahora podía entender lo que decía.
Algo así como:
- ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué lo hiciste?
Una y otra y otra vez más. Se iba a volver loca.
- Lucía piensa, piensa, no son más que imaginaciones, no es más que tu propio miedo. Esas voces no existen.
Pero entonces se acordó de algo que le había pasado en casa hacía dos días. Era de noche, sobre las 10, y estaba en el sofá leyendo, con su gato Thor al lado y el ruido de la tele como arrullo de fondo. Entonces Thor se levantó de un salto y se erizó mirando hacia la puerta del salón. Lucía no creía en historias de miedo, pero la verdad es que se asustó mucho. Pensó que alguien se había colado en casa. Thor seguía erizado, bufando a la puerta y ella a su lado, paralizada. Lanzó una mirada rápida a su alrededor y cogió una figura de bronce que tenía sobre la mesita y que pesaba una barbaridad. Se levantó con lentitud y se acercó hacia la puerta. Toda la casa estaba a oscuras. Pudo divisar la puerta de la entrada que estaba cerrada. Lucía casi no podía avanzar a causa de la tensión y la taquicardia la ahogaba, pero dio un paso más y otro y de pronto, la luz se fue. Gritó aterrada, pero sólo fue un momento. En unos pocos segundos la luz estaba de vuelta. Volvió corriendo al salón y vio que los libros que apilaba sobre la mesilla estaban todos por el suelo. Thor seguía en la misma posición, erizado y alerta en el sofá. En ese momento intentó convencerse a si misma de que el causante del derrumbamiento de su pila de libros había sido el gato, ¿que otra explicación había?
Pero ahora en el ascensor, sola con esa voz metálica y acusadora sabía que Thor no había tenido nada que ver.
- ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué lo hiciste?
Lucía se dejó caer hasta el suelo, resbalando por una de las paredes del ascensor, con las manos tapándola los oídos. Pero todo era inútil. La voz seguía ahí.
- Basta, por favor, basta. Para ya, para.
Las lágrimas caían por sus mejillas. ¿Por qué no la sacaba nadie de allí?
- ¿Por qué no me dejas en paz? Vete de una vez! – gritó con todas sus fuerzas
Entonces cambió una letanía por otra
- La foto, la foto, la foto,…
Lucía lo comprendió todo. La foto debía ser la foto de su abuelo, que quemó hace unos días. Lo odiaba, sí, lo había odiado toda su vida. Era una mala persona que hizo la vida imposible a quienes le rodeaban. Sobre todo a su abuela, su querida abuela. El día que murió ella lo había celebrado, lo había maldecido y había quemado la única foto que le quedaba de él.

Cuando consiguieron abrir el ascensor, habían transcurrido a penas 30 minutos desde que Lucía lo tomara. La encontraron con la cabeza entre las piernas y las manos alrededor de la cabeza, como protegiéndose de algo o de alguien. Estaba muerta.

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