En un principio noto como una leve inseguridad: iba como todas las mañanas de los sábados a comprar el periódico, cuando algo parecido a un empujón casi imperceptible, como un tic le hizo girar y regresar a casa de vacío.
Unos dias más tarde estaba en el sofá mirando el telediario y al levantarse para dirigirse al baño avanzó unos instantes en zigzag desorientado.
Pensó que después del divorcio se había dejado engordar y que cuarenta tacos se notan. Un poco asustado, decidió que se haría una revisión y que tendría que ser más riguroso con su dieta
En los días siguientes los tics que le cambiaban el ritmo y los pasos en zig zag se repetían de tanto en tanto.
El médico de urgencias ( su ambulatorio estaba cerrado por vacaciones)le dijo – que sí que mejor adelgazar unos cuantos quilos , pero que colesterol, presión y otros parámetros eran correctos.
Él no se atrevió a explicarle al doctor que sospechaba que en los cambios de rumbo y los pasos en zigzag parecía que tiraba de él un hilo invisible y además y ésta si era una certeza en esos momentos flotaba.
Era como un deslizarse por la nieve o mejor como si patinara con ruedas de cojines muy suaves. Cada vez con más asiduidad notaba que no tocaba los pies en el suelo y que sus andares ( si es que a eso se le podía llamar andares) eran cada vez más involuntarios y compulsivos.
-Quizá , razonaba- fuera efecto del relajo de las vacaciones o consecuencia del estrés que le producían los continuados comentarios sobre las bolsas, la crisi, la deuda que durante todo el verano se repetían en emisoras y periódicos. Tenía que haber viajado y no haberse quedado en casa –concluyó
Una noche soñó que estaba en la Mar-Bella contemplando la salida de los nadadores en el triatlón.
A lo largo de la playa mil quinientos nadadores esperaban la señal. Unos instantes de silencio y el ruidoso chapoteo que ya avanzaba mar adentro. El se vio sentado en una frágil embarcación y rodeado por el ruido ensordecedor de las brazadas que le zandareaban. En toda la inmensidad de aquel mar brotaron miles y miles de frágiles embarcaciones como la suya, todas con un pasajero asustado. Los trajes negros de los atletas del triatlón se habían convertido en aletas de tiburón que agitaban las aguas y lanzaban las frágiles embarcaciones a la deriva, siempre a un paso del naufragio.
A la mañana siguiente, aturdido y cansado por aquel sueño que parecía que se había alargado durante toda la noche, salió a dar una vuelta.
Flotaba más que nunca y por muchos esfuerzos que hizo por tocar tierra , no lo consiguió. Fué esa mañana cuando se dio cuenta de que los otros también flotaban: aquél daba un ágil giro con cara extrañada; más allá dos se cruzaban sorprendidos de su velocidad; uno intentaba , con gran esfuerzo y angustia permanecer quieto aunque fuera un instante y solo lo conseguía agarrándose a la farola. Sólo unos niños que jugaban a la comba tocaban suelo a cada salto.
Regresó como pudo a su casa. Cerró puertas y ventanas. Se descalzó y quedó en pie inmóvil en la oscuridad. Intentó que su único pensamiento, su única voluntad fuera el volver a tocar el mosaico con sus pies. Hubo muchos giros, algún zigzag. Poco a poco el pensamiento de aterrizar ocupó todo su cuerpo. Pasó casi una eternidad. Notó una sensación de frescura en la planta. Dio un salto y sintió un pequeño crujido en el tobillo al tocar tierra. Le brotó una lágrima. De pronto tuvo la sensación de que era toda la habitación la que avanzaba deslizándose. No se atrevió a abrir la ventana.

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